Cristina Peri Rossi y el lenguaje inclusivo


"Yo tenía cinco años. La maestra escribió en la pizarra: "Todos los hombres son mortales". Sentí un enorme alivio, un gran regocijo.

 

Esa tarde, cuando salí del colegio, corrí a mi casa y abracé muy estrechamente a mi madre.

 

"Qué suerte Mamita, tu no te vas a morir nunca!" le dije, arrebatadamente.

 

"Qué?" preguntó mi madre, sorprendida.

 

Me separé apenas de ella y le expliqué:

 

-La maestra escribió en la pizarra que los hombres son mortales.

 

Y tú eres mujer!. Por suerte, eres mujer, dije y volví a abrazarla.

 

Mi madre me separó tiernamente de sus brazos.

 

-Esa frase, querida mía, incluye a hombres y mujeres.Todos y todas moriremos algún día.

 

Me sentí completamente consternada y desilusionada.

 

-Entonces, por qué no escribió eso?: "Todos los hombres y mujeres son mortales"? pregunté.

 

Bueno- dijo mi madre, en realidad, para simplificar, las mujeres estamos encerradas en la palabra "hombres".

 

-Encerradas?- pregunté. Por qué?

 

-Porque somos mujeres- me contestó mi madre.

 

La respuesta me desconcertó.

 

Y por qué nos encierran? le pregunté.

 

Es muy largo de explicar, respondió mi madre. Pero acéptalo así. Hay cosas que no son fáciles de cambiar.

 

-Pero si digo "todas las mujeres son mortales"?también encierra a los hombres?

 

-No- contestó mi madre. Esa frase se refiere sólo a las mujeres.

 

Me entró una crisis de llanto.

 

Comprendí súbitamente muchas cosas y algunas muy desagradables, como que el lenguaje no era la realidad, sino una manera de encerrar a las cosas y a las personas, según su género, aunque apenas sabía qué era género: además de servir para hacer faldas, el género era una forma de prisión."

"Primer amor" (fragmento de 'La insumisa') (Cristina Peri Rossi)

Con autorización de Menoscuarto Ediciones, publicamos el siguiente fragmento de La insumisa, la más reciente novela de la poeta, narradora y traductora uruguaya galardonada con el Premio Cervantes 2021


 

La primera vez que me declaré a mi madre, tenía tres años (según los biólogos, los primeros años de nuestra vida son los más inteligentes. El resto es cultura, información, adiestramiento). Yo tenía propósitos serios: pretendía casarme con ella. El matrimonio de mi madre (del cual fui un fruto temprano) había sido un fracaso, y ella estaba triste y angustiada. Los animales domésticos comprenden instintivamente las emociones y los sentimientos de los seres y procuran acompañarlos, consolarlos: yo era un animal doméstico de tres años.

 

El escaso tiempo que mi padre estaba en casa (aparecer y desaparecer sin aviso era una forma de poder) discutían, se hacían mutuos reproches y por el aire —como una nube negra, de tormenta— planeaba una oscura amenaza. En cambio, mi madre y yo éramos una pareja perfecta. Teníamos los mismos gustos (la música clásica, los cuentos tradicionales, la poesía y la ciencia), compartíamos los juegos, las emociones, las alegrías y los temores. ¿Qué más podría pedirse a una pareja? No éramos, por lo demás, completamente iguales. A los tres años yo tenía un agudo instinto de aventura, del que mi madre carecía (o el matrimonio lo había anulado), y un amor por la fauna y la flora que a mi madre le parecía un poco vulgar. Aun así, me permitió criar un zorro, un malhumorado avestruz y varios conejos.

 

Pero a diferencia de mis progenitores, mi madre y yo, siempre que surgía un conflicto, sabíamos negociar. Cuando me encapriché con un bebé de elefante, en el zoo, y manifesté que no estaba dispuesta a regresar a casa sin él, mi madre me ofreció, a cambio, un pequeño ternero, que pude criar en el jardín trasero. (Sospecho que mi padre se lo comió. Un día, cuando me desperté, el ternerito ya no estaba pastando en el césped. Mi padre, ese día, hizo asado.)

 

Mi madre escuchó muy atentamente mi proposición. (Siempre me escuchaba muy atentamente, como debe hacerse con los niños.) Creo que se sintió halagada. El desgraciado matrimonio con mi padre la hacía sentirse muy desdichada, y necesitaba ser amada tiernamente, respetada, admirada; comprendió que todos esos sentimientos (más un fuerte deseo de reparación) yo se los ofrecía de manera generosa y desprendida, como una trovadora medieval.

 

Después de haber escuchado atentamente mi proposición, mi madre me dijo que ella también me quería mucho, que era la única alegría de su vida, más bien triste, y que agradecía mi afecto, mi comprensión y todo el amor que yo le proporcionaba. Me parecieron unas palabras muy justas, una adecuada descripción de nuestra relación. Ahora bien —me explicó mi madre—: nuestro matrimonio no podía celebrarse, por el momento, dado que yo todavía era muy pequeña. Era una razón que yo podía comprender. Mi madre era una mujer bellísima (tenía unos enormes ojos "color del tiempo". La descripción la encontré, años después, en una novela de Pierre Loti), inteligente, culta, aunque frágil y asustada. Yo estaba dispuesta a protegerla (algo que mi padre no había hecho), aunque yo misma estuviera asustada muchas veces: el amor es generoso. También estaba dispuesta a esperar todo el tiempo que hiciera falta para casarnos.

 

Siempre le agradeceré a mi madre que me hubiera dado esa respuesta. No desestimó mi proposición, no me decepcionó, sino que estableció un motivo razonable y justo para posponer nuestra boda. Además, me estimuló a crecer. Desde ese día, intenté comer más (era bastante inapetente), acepté las vitaminas y el horroroso aceite de hígado de bacalao, con la esperanza de acelerar mi crecimiento, y alcanzar, por fin, el tamaño y la edad suficientes como para casarme con ella.

 

Por entonces, los parientes, los vecinos y todos esos adultos tontos y fracasados tenían la fea costumbre de preguntar a los niños qué harían cuando fueran mayores. Yo, con absoluta convicción y seguridad, respondía: "Me casaré con mi madre". Imaginaba un futuro celestial, lleno de paz y de armonía, de lecturas fabulosas, paseos apasionantes, veladas de ópera (mi madre tenía una maravillosa voz de soprano), ternura, complicidad y felicidad. ¿Qué más podía pedir una pareja?

 

Mientras crecía (más lentamente de lo que yo hubiera deseado), renovaba, cada tanto, la promesa de matrimonio que le había hecho a mi madre. No sabía aún que los trovadores tenían una sola dama (lejana), pero intuía que debía ser así. Un amor eterno, delicado, fiel y cortés.

 

(Laberinto, Milenio, México, 19/11/21)

A Cristina Peri Rossi le creció un Cervantes (Analhi Aguirre)

Analhi Aguirre (Toronto, 1973) es de origen argentino, doctora en Teoría Literaria y gestora académica de la Unión de Universidades de América Latina y el Caribe (UDUAL). Se especializa en literatura latinoamericana, estudios de género, cine y televisión. También da clases de español como lengua extranjera

 

El premio Cervantes a la escritora uruguaya abre la puerta a que su obra sea valorada como se lo merece, por su sincronía literaria y vital en nuestra época



 

En el enorme poema "Mi casa es la escritura" (2006), Cristina Peri Rossi narra que está en un fluir constante, un ir y venir, en el que no le creció una planta, no le creció un perro. Solo, aclara, le crecen los años y los libros que deja "abandonados por cualquier parte para que otro, otra los lea sueñe con ellos". Esos años, esos libros, ahora, le hicieron crecer un Cervantes.

 

Dicen que hay escritores, escritoras, que se atreven a ostentar temas, a hablar de ciertos asuntos que, por alguna razón, parecieran no tener cabida en el inmenso tesoro, grandilocuente casa, que es la escritura.

 

Y es que se trata de una escritura distinta. Es decir, no se trata de escribir, de dejar escrito, de hacer libros, textos, oraciones, versos memorables, donde se departa sobre tramas que provoquen la censura de la escritura del incesto, la homosexualidad, el aborto, el feminismo, el poco reconocimiento a una labor escritora, el exilio de una mujer, la dificultad de vivir de la literatura. No. Se trata de la obra, y no de unas cuantas ediciones. De un tiempo entero que acarrea y crea todo un estar en el mundo literario, de una morada insumisa, rebelde (hasta cuando mira), una obra grande, como el laberinto de Asterión o más. Así es la gigante trayectoria de Cristina Peri Rossi, quien acaba de ganar el premio Cervantes.

 

Nos estábamos refiriendo a una escritura distinta. Porque la escritura de Peri Rossi no son solo los asuntos espinosos, difíciles de leer, inadmisibles de dejar pasar, ineludibles de instaurar en la historia de la literatura (de toda, no solamente la escrita en español). La narrativa, la poesía, los ensayos de la escritora uruguaya no hay que mirarlos hacia un qué, sino hacia un cómo. Ahí está la trascendencia de quienes escriben y nos dejan sus libros, sus años.

 

Cristina Peri Rossi publicó su primer libro de cuentos en 1963, cuando tenía 22 años. El volumen se llama Viviendo y es una exquisita colección de relatos que se encontraban justo ahí, en la corriente fluvial literaria donde tenía que estar, que revelarse. Ese libro es tan difícil de conseguir como casi todos los de Peri Rossi.

 

Se asoma una anécdota en este escrito. Una estudiante viaja a Montevideo para poder desenterrar aquellas publicaciones de la escritora que le interesa revisar, conocer, admirarla más. Sin embargo, hay una sorpresa: ni siquiera en su ciudad natal existen esos libros de Peri Rossi que está buscando. Encuentra algunos en el mercado de pulgas uruguayo por excelencia, la denominada y archifamosa Feria de Tristán Narvaja. En sus calles emergen, como después de una inundación, juguetes viejos, vajillas usadas, curiosidades escudriñadas, libros. Brota, como los árboles, que Peri Rossi asegura que le salen a ella, su primera novela, la dejada de lado, pasada por alto, en pleno boom latinoamericano, El libro de mis primos (1968). En Uruguay, con el distinguido Juan Carlos Onetti –compañero de cafés de una Cristina veinteañera– a la cabeza de la medusa intelectual porteña, la joven escritora, ya promesa nacional, gana el Premio Marcha, con una novela que ofrece una casa con espacios designados, según los géneros, una cabal descripción de una casa latinoamericana que roza lo siniestro, una familia que se mecanografía desde un patriarcado atroz.

 

Entonces, nuestra escriba se lanza y traza los versos del repertorio único de poesías de amor entre mujeres, Evohé (1971). A esta altura, ya los tiempos se han puesto álgidos, terroríficos y funestos en Uruguay. Y que no se nos pase: Peri Rossi lo había ya ilustrado con una prosa impecable en Los museos abandonados (1968), donde las personas huían de la muerte, de esa muerte que estaba desapareciendo gente.

 

El mismo año que publica Evohé, a Peri Rossi le avisan que muy pronto irán a buscarla los militares para llevársela a donde ellos saben que podrán o harán al menos el intento de controlarla. Peri Rossi logra un pasaje en barco y huye. Es inminente, pues debe considerarse un recuerdo cristalizado y roto, por supuesto, punzante, fijo, contar que la escritora siempre trae el extraordinario dolor de tener que renunciar a sus libros y escapar.

 

Pasan algunos años, y la supervivencia se pone ruda en una España franquista que continuaba atrasándolo, quitándolo todo. A pesar de las barricadas de la censura que la perseguían, Peri Rossi escribe poemas, relatos, novelas. Traduce, habla en la radio española, vive como puede. El barco que la trajo al viejo mundo le hace crecer Descripción de un naufragio (1976), en donde se declara pertenecer "a un mar en fugitiva". La expulsión de su país será siempre una de sus constantes literarias. La nave de los locos (1984), sin duda una de las mejores novelas escritas en español, narra dos historias contrapuestas, que zozobran entre el caos y el cosmos: un tapiz que se interpone corajudamente en la lectura y un tal X que ha sido desterrado, extrañado de su tierra.

 

Igualmente, la prosa enorme, certera, vehemente, surge al mismo tiempo que una poesía insuperable. Algunos títulos narrativos serán El museo de los esfuerzos inútiles (1983), Cosmoagonías (1988), conviviendo junto a la lírica que la ha posicionado como una de las mejores: Diáspora (1976), Lingüística general (1979), Europa después de la lluvia (1987). Este último libro es fundante para su literatura, o, mejor dicho, se torna contundente en su producción porque el arte, que ya había aparecido de manera protagónica en el tapiz de la creación en La nave de los locos, se redime aquí con versos inspirados en la inefable pintura de Max Ernst que tiene el mismo rótulo. Babel bárbara (1990) inaugura los años noventa, década que tendrá la fortuna de que a Peri Rossi le nazcan tres libros magníficos. Uno, lleno de ensayos tan cultos como voraces, donde el deseo ya es su variable provocadora, Fantasías eróticas (1991). Luego brilla Desastres íntimos (1997) por la forma que toma para discursear sobre machismos, lesbianismos y otras yerbas. Pero la prosa es lo que luce. El cómo más que el qué, un cómo que se abre en Las musas inquietantes (1999) y que pone, ahora, o nuevamente, a sus versos hablando, criticando, admirando su propio museo, hecho en paredes de papel que fluyen, a la vez que disertan sobre el deseo de no ser mujer, de no continuar la "presarosa saga" de la sumisión.

 

El 2003 se congratula con Estado de exilio, donde asevera que "Lo mejor es no nacer, / pero en caso de nacer, / lo mejor es no ser exiliado." El desarraigo, la escritora ida vuelve como un deseo de no serlo. Mi casa es la escritura (2006), cuyos versos se pueden escuchar de la propia voz y cuerpo de Peri Rossi en YouTube, se asigna como una de las cumbres de sus palabras, cuestión que se ata esplendorosamente con Playstation (2009). Aquí se traza un poema impar, uno que tiene el mismo título que su libro de poemas de 2006: "Estado de exilio". Estas estrofas se asemejan a las relaciones que hacían los juglares, que hoy en día se podrían llevar, sin ningún lugar a dudas, al cine (otro de las lúcidas imbricaciones en la literatura de Peri Rossi). Relata aquí la crónica de una traducción que hizo una presa en Texas del libro Estado de exilio. Nos avienta, como solo una escritora como ella puede hacerlo, que el acto poético había sucedido cuando una mujer blanca, que había sido encarcelada por ayudar a salir de la cárcel a una presa negra, había aprendido español para traducirla.

 

El impacto novelístico también se había vuelto una presencia magnífica: Solitario de amor (1988), La última noche de Dostoievski (1992), El amor es una droga dura (1999), todas narraciones que dialogan con el deseo de un modo visceral, poético, trágico, irreverente, feminista.

 

Recientemente, Peri Rossi publicó otros poemas, Las replicantes (2016) que se imprimen en su recepción, otra vez, como esa idea de casa, de escritura, de tránsito que crece, que le crece. Eso indica ella, igual que lo hace en las dos últimas novelas imposibles de no leer: Todo lo que no te pude decir (2017) y La insumisa (2020), donde se echa en una suerte de biografía construida por una Peri Rossi que escribe a sabiendas de que nos hagamos cargo de que tiene ganas (siempre) de que eviten etiquetarla, de que la salven de quedarse perpetuamente en la historia de la literatura en español y del mundo.

 

¿Por qué es relevante que le hayan dado el premio Cervantes a Cristina Peri Rossi? La respuesta es unánime: porque su cómo ha superado al qué, y ese cómo se manifiesta en una poiesis que ahora, y más que nunca y que siempre, hay que leer. Es forzoso grabar en piedra que ella es la sexta escritora, entre una cuarentena de escritores. Esta es una de las razones por las que es transcendental que haya ganado tremendo galardón.

 

Pero hay otro argumento aún mayor. Que al fin –o por lo menos, esa es la gran expectativa (la más coherente, frente a tanta frivolidad mercantil)– Cristina Peri Rossi sea leída, y para ello reeditada y, por consiguiente, valorada como se lo merece, por su sincronía literaria y vital en nuestra época, por darnos placer de literatura, sabor exquisito de la lengua, amor por la escritura, que, seguramente, para quienes están leyendo esto, también es su casa, nuestra casa. La obra de Cristina Peri Rossi es una de las casas más destacadas de la literatura en español. Para quienes no la han habitado, ya es hora de hacerlo; quienes la habitamos, sigamos allí felices, conociendo una parte fundamental de nuestra historia literaria relatada por una mujer que ha vivido, que vive, finalmente, de su escritura.

 

Pd. Hoy, en la plataforma de Amazon, se puede encontrar Evohé, antes censurado e inconseguible hasta hace muy poco tiempo, a un costo de 150 dólares. Años atrás, yo pude leerlo gracias a la generosidad de un profesor que había guardado algunos ejemplares antes de que los desaparecieran de Uruguay. Afortunadamente, ya no pasará lo mismo con la última recopilación de sus poemas, Detente, instante, eres tan bello (2021), que inaugura la primera publicación de Cristina Peri Rossi en Argentina…

 

(Letras Libres, 12/11/21)

Cristina Peri Rossi: rara y con Cervantes (Roberto López Belloso)

La escritora uruguaya ganó el máximo galardón de las letras en español



El viernes Cristina Peri Rossi cumplirá 80 años. Este miércoles se convirtió en la tercera voz uruguaya en recibir el Premio Cervantes de Literatura, después de Juan Carlos Onetti (1980) e Ida Vitale (2018).

 

Nacida en Montevideo en 1941, cuenta que fue "rara" desde niña. Le gustaba subirse a los árboles y quería ser escritora. Leía y escuchaba Tristán e Isolda o alguna canción de Mina, la diva italiana. Usaba pantalones en vez de polleras.

 

"Y la diferencia de conducta sexual siempre ha sido un estigma, mucho más en el Montevideo de mi juventud", le dijo a Claudia Pérez en una entrevista para la revista SIC cuando le preguntó sobre Evohé, su poemario lésbico de 1971.

 

Además estaba su opción política de izquierda, así que se exilió en Barcelona en 1972. Ese hecho, ese ostracismo, también se volvió una marca importante en su obra. "El exilio es una patada en el culo", dijo. No sólo se mudó de ciudad. También en su nueva ciudad fue una nómada: dice la leyenda que cambió de casa al menos 25 veces. Por eso escribió una vez, y tituló así una antología, "mi casa es la escritura".

 

Donde sea que esté, se concentra con gran facilidad y cuando está escribiendo no le molesta que le pregunten si llevó la ropa a la tintorería o dónde está la mantequilla. Le gusta, de nuestra lengua, que se diga mantequilla en algunas partes y manteca en otras. O grifo y canilla. Por eso no entiende a Jorge Luis Borges cuando decía preferir el inglés al castellano. Por eso, quizá, considera a Borges un escritor sobrevalorado.

 

Es borgeana, sin embargo, la metáfora que usa para decir que, llegado el caso, si pudiera escribir todos sus cuentos de nuevo, no les cambiaría ni una coma. Pero cuando elige un relato entre todos, se auxilia en Franz Kafka. Se trata de "La rebelión de los niños". Y explica: "Cuando lo escribí, en Uruguay, en el año 1971, todavía no se había producido ningún secuestro de niños. Fue una premonición. Imaginé que los militares iban a secuestrar a mucha gente, entre esa gente habría mujeres embarazadas y que las matarían, después de parir, pero que entregarían los niños a 'buenas familias' para que los adoptaran. Me horroricé y escribí ese relato que es uno de los más terribles que he escrito en mi vida. Cuando la realidad confirmó mi sospecha, me sentí muy mal, me sentí culpable de haber imaginado tal horror. Pero recordé que Kafka había escrito que la literatura es, a veces, un reloj que adelanta".

 

Si aquel es el cuento que elige, si tuviera que elegir uno solo de sus poemas, optaría por "Los hijos de Babel". Es que si hay una Peri Rossi para cada quien, los poetas la consideran esencialmente una de su club. Les ha dado motivos. En 2008 le dijo a Ulrike Prinz: "En la poesía las palabras recuperan la fuerza primordial, porque en el tráfico normal la palabra se desgasta".

 

Poeta, narradora, periodista y ensayista, cultiva todos esos géneros a la vez como parte de un todo en el que tañe muchas cuerdas diferentes. Ha dicho que hay "una Cristina Peri Rossi muy lírica, muy metafórica, otra muy analítica, otra muy romántica, otra irónica, una muy sensual, otra metafísica, una sentimental y otra racional. Quiero expresarlas a todas, no a una sola".

 

Aunque siempre ha estado un poco ausente, nunca ha dejado de ser una presencia fuerte en la literatura uruguaya. En los últimos años se la ha vuelto a editar con fluidez. Hum publicó cuatro títulos de su obra narrativa (La insumisa, en 2020, Todo lo que no te pude decir, en 2018, Los amores equivocados, en 2016, y Habitaciones privadas, en 2014), y Estuario, un texto biográfico (Julio Cortázar y Cris, en 2014) y dos libros de poesía (el mencionado Evohé, este año, y la antología Arqueología amorosa, en 2019). Civiles iletrados, por su parte, había editado en 2016 La noche y su artificio, en su colección Ojo de rueda.

 

Pero no sólo lo literario la define. Feminista y justiciera, es un animal de polis que polemiza sin pelos en la lengua contra las injusticias del mundo, sean el patriarcado, el capitalismo o la imposición de una lengua. De no haber sido escritora, hubiera querido ser directora de cine. Le gustan casi todos los juegos, salvo el póquer. Entre todos los animales, le dijo a Manel Haro, prefiere a una especie de monos llamados bonobos, "dichosos y pacíficos que se dedican exclusivamente a dos actividades: comer y acariciarse". Para el momento de morir, sólo desea una cosa: poder lanzar una carcajada final. Porque todo, todo, carece de importancia.

 

(La Diaria, Uruguay, 11/11/21)